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"Flor exquisita de la caridad es sin duda la gratitud", solía repetir a menudo San Francisco de Sales.

Hablando sinceramente no creo que entre nosotros sea la flor más cultivada. Con todo, esto no impide que hoy, al celebrar Navidad y festejar el Año Nuevo que ya se vislumbra, aislados un poco del ruido que reina por todas partes, nos concentremos por unos instantes y demos gracias a Dios por todo lo que en este año nos dio.

Y, ¡vaya si hay material para cumplimentar este deseo!

Antes que nada, por nuestra propia existencia que aún se mantiene en pie en medio de tantas otras, que por una razón o por otra, ya se esfumaron o simplemente ya fueron.

Luego por la voluntad que aún disponemos de seguir lidiando por un mundo mejor en medio de tantos escollos y piedras que se encuentran por el camino.

También por esa capacidad que aún se anida en nosotros para poder admirar y gozar tanta maravilla y grandeza con la que nos sorprende este universo. Además por el poder de la mente que aún en medio de tanta basura, nos permite saber distinguir entre lo que tiene valor verdadero y lo que nos quieren hacer pasar como tal.

Por esa fuerza interior también, Señor, que nos das para perseverar en la Fe y no extinguir la Esperanza. Por esa luz que nos das para comprender mejor cada día el rumbo de tu política que nada tiene que ver con la que este mundo maneja. Y si a veces nos dejas sufrir y otras también llorar, sabiendo que de esta manera Tú lo dispones, será para bien de todos aunque no siempre así lo entendamos.

Gracias Señor, por permitirnos ver despuntar cada mañana la aurora, gozar con la presencia del sol y al fenecer ya la jornada, quedarnos embelezados con el resplandor del lucero.

Gracias Señor, por los colores pintados en cada flor del jardín y del suave o embriagante perfume que cada una desprende.

Gracias por la variedad prodigiosa de frutos que la tierra nos da y por el grato sabor del pan que se amasa cada mañana.

Gracias por hacernos gustar de la dulce canción del arroyo escurriéndose entre las piedras y del polifónico coro de aves desparramándose por el bosque.

Gracias Señor, por hacernos sentir todavía las inclemencias del tiempo pues es señal de la vida que aún palpita en nosotros. Gracias por hacernos felices con la sonrisa y mirada de un niño que en su pasajera inocencia nos trae el recuerdo de cuando nosotros también lo fuimos.

Gracias Señor, por abrirnos los ojos frente a tu mensaje divino, naciendo en una pobre y humilde cuna. Es en la humildad verdadera donde Tú te instalaste para dar comienzo a tu grandiosa empresa. No fue en la ostentación u opulencia, en la soberbia o ambición.

La contradicción, la paradoja, son parte de ese lenguaje que suele usar el Nazareno para confundir este mundo que sólo sueña en el triunfo que está basado sobre el poder, el dinero o la gloria. ¿Qué fue sino su nacimiento en un mísero portal? ¿O aquél que se haya valido de un puñado de pescadores ignorantes y rudos para la conquista de un mundo y así lo haya obtenido?

Por fin gracias, Señor por permitirnos estar con nuestros seres queridos en noche tan especial y así todos unidos en franco y cordial abrazo decirnos que nos queremos y levantando en alto las copas brindar por la paz del mundo y para que nunca nos falte ni la salud, ni el pan, ni el trabajo.
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Rogelio Oro 29/12/2004

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