Desde los albores de la historia, el hombre no ha cesado de disputarle a la Naturaleza toda su fuente de inagotables y variados recursos. Y esto lo ha hechocon el fin de transformarlos y ponerlos a su servicio.
Es así como el hombre descubrió su poderosa vena de infatigable y curioso investigador.
"Poblad y dominad la Tierra", fue el mandato bíblico. Bajo este impulso, se lanzó incansable a la conquista de nuevos e insospechados horizontes. Nada dejó sin remover. Por eso perforó la tierra y remontó los cielos
Orgullosos los seres humanos, hoy contemplamos azorados los portentosos triunfos de la técnica y de la ciencia. Pero también azorados contemplamos sus grandes e ingentes limitaciones, su insuficiencia para satisfacer a pleno el desesperado reclamo de los pueblos al derecho de un mundo mejor.
¿Cuáles si no, han sido sus respuestas a la trágica pobreza de hoy; a la injusta distribución de la riqueza; a la galopante corrupción bajo todos sus aspectos; a la discriminación más solapada, cuando no directamente abierta; al natural derecho de nacer y crecer con dignidad; a la explotación de los más débiles; a la insaciable codicia de los que más tienen; a la incontenible ola de violencia y de injusticias; a los efectos malsanos de la contaminación; a las nefastas consecuencias de la globalización?... Y esto sólo por nombrar algunas.
La técnica y la ciencia ¿han podido extirpar o abolir acaso semejantes miserias humanas? No, por cierto, ni tampoco lo harán en el futuro.
Convengamos que a ellas, por otra parte, no les compete directamente llenar semejante cometido. Es el hombre, quien sí deberá valerse inteligentemente de las mismas para cumplir específicos y determinados objetivos, tales como, por ejemplo, el desarrollo y la promoción humana. Promoción humana significa ayudar al hombre a salir de su estado de pobreza total: material y espiritual; posibilitarle una ubicación en el estado de grandeza que por derecho le corresponde. Es decir: vivir dignamente, desarrollar a pleno sus capacidades y posibilitar el manejo de su propio destino.
Somos nosotros, seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, quienes deberemos constituirnos en hacedores de nuestra propia transformación sabiendo que a través de ella colaboramos con la de la misma sociedad.
Es al hombre, ya sea en su condición de gobernante o gobernado, al que le corresponde intervenir con acierto y urgencia en esta dura e incruenta tarea: la de dar respuestas concretas y precisas a las múltiples necesidades y carencias de un mundo que amenaza con extinguir la débil llama que lo alimenta.
Es a todos y a cada uno de nosotros que nos corresponde hoy, responder con generosidad y coraje a este patético desafío. No sabemos si mañana será posible.
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