Como te prometí en mi primera misiva, hoy vuelvo con gusto a escribirte. Te digo, y con ansias inmensas, que estoy terminando el último ciclo de mi gestación. Tantísimas cosas pasaron desde aquel primer despertar... Toditas quisiera contarte. Es esto por hoy imposible. Más tarde sin duda será. Ahora tan sólo te digo que cuento las horas que faltan para caer arrullado en los plácidos brazos de mi dulce mamá.
No sabes las ganas que tengo de verlos a todos y poderlos, por fin, conocer y abrazar.
Ya falta muy poco. Lo siento y así lo percibo, pues cuando con ganas me quiero mover, ya toco y reparo en ciertas barreras que antes no estaban. Ahora ellas mismas parecen decirme: "Cuidado chiquillo, los golpes muy bajos los siente muy feos mamá". En ciertos momentos, y yo sin quererlo, me muevo y desplazo de aquí para allá. No puedo evitarlo pues soy muy inquieto. Los brazos y piernas estiro y aflojo. Ahí recién me doy cuenta, por débiles quejas que vienen de afuera, que yo ya he crecido lo que es necesario, lo que es suficiente y que debo por tanto muy pronto partir.
Te digo Abuelito, y sólo a vos te lo digo, que a veces con cierta nostalgia contemplo estos días que no volverán. Ha sido todo tan bello, tan lindo, que aunque no quiera, muy mucho los voy a extrañar.
Estoy asombrado por no decir, deslumbrado al extremo, por esta experiencia vivida y gozada en el cálido nido que mamá me dio. ¡Qué milagro estupendo y grandioso es sentir la vida que nace y comienza a correr! Si la humana criatura en su loca carrera, pudiera por sólo un instante hacer revivir el lento y sabio proceso de la creación, seguro que tantísimos crímenes ahorrados serían y niños felices podrían dichosos cantarle a la vida. ¡Qué malas y pérfidas madres aquéllas que tronchan y matan la flor inocente que intenta nacer! Quizás algún día, podrá Dios perdonarles.
Y bien, Abuelito, espero encontrarte muy cerca cuando yo haga en el mundo mi primer debut. Después de mirarte muy claro a los ojos, abrazarte y decirte lo mucho que sos para mí, quisiera pedirte aún una cosa. Adivina ¿cuál puede ser? Pues pienso en un prólogo lindo para el próximo libro que deseo escribir. Para esto te pido una simple ayudita. ¿Sabés para qué?... Para poder arrancar. Después seguiré yo solito.
¿Has visto como todos los hombres con su nacimiento comienzan el suyo a escribir, a hacer sus memorias? Algunos lo hacen tan sólo en su alma, otros sobre un simple papel; pero todos, sin ninguna excepción, dejan sus vidas grabadas en algún rincón de su ser.
Hay muchas que atrapan por su contenido. Hay otras que asustan por lo que describen. Sin duda están las que infunden paz, entusiasmo, alegría, que señalan caminos y muestran la luz. No faltan tampoco las que te hacen reír, ni aquéllas también que te hacen llorar, pero todas -por cierto- te dejan lecciones al fin que tienen su peso y valor.
Yo sé, Abuelito, que vos ahora estás escribiendo las tuyas, las que hace ya tiempo comenzaste a trazar. No dudo serán atrapantes, jugosas y de gran contenido. Un canto a la vida, al trabajo, al amor.
Te prometo que, de aquí a muchos años cuando yo lea el mío, el que de a poquito iré yo solo escribiendo, releeré también el tuyo, el que vos escribiste, el que vos me dejaste. Y quedaré extasiado -sin duda- leyendo lo que ya desde ahora al pasar me susurras y que yo sé que te gusta mil veces decir: "Que la vida es muy linda, muy bella, y aunque a veces se sufra, se grite o se llore, no faltan las risas ni goces también. Que vale la pena vivirla y a pleno. Que todo es regalo del cielo, la dicha y también el dolor. Y que todo es, en fin, un largo y hermoso camino que lleva y conduce a los brazos de Dios".
Será hasta pronto, Abuelito. Espero verte muy cerca como ya te lo dije, cuando haga en el mundo, mi primer debut.
Tu nieto que te quiere |
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