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Cosas que son realidad aunque parezcan mentira
No hay duda de que ciertos hechos, por insólitos e inesperados que sean, pueden sacar a cualquiera del marco de la realidad. No fue propiamente mi caso, pues no sólo no estuve inconsciente, sino que pude gozar a pleno de lo que allí fui testigo.

¡Cuántas veces los humanos nos quedamos extasiados ante hechos sorprendentes capaces de sacudir todas las fibras del alma! Tan grandes se dan las cosas, que queda la duda flotando si lo que ha sucedido es verdad o mentira. Pero después de pensarlo un rato, no podemos negar la verdad y debemos reconocer que todo lo que pasó fue pura y total realidad.

Hace ya muchos años, por razones de estudio y trabajo, tuve que andar recorriendo tierras del Medio Oriente y en esta ocasión precisa, Israel y Jordania.

Un día se me ocurrió visitar Emaús, un pueblito distante apenas 13 kilómetros de Jerusalén. Con verdadero placer recorrí la pintoresca región. Ya de regreso y camino de la estación, con un grupo de amigos tomamos una calle de tierra. Faltando ya poco para llegar a la meta, un integrante del mismo, originario del pueblo, se me acercó y en forma muy franca y cordial me dijo: "Señor, está poniéndose el sol y haciéndose ya de noche. Allá al pie del barranco están esperándome mi mujer y mis hijos. ¿Por qué no pasa la noche en casa haciéndonos compañía y así podrá regresar mañana más descansado a la suya?" (cfr. Lc. 24, 29).

¡Por vida lo recordaré! Al escuchar sus palabras, mi cuerpo se estremeció como un árbol sacudido por el fuerte vendaval ¿La causa de tal sobresalto? En ese preciso instante recordé que casi dos mil años atrás en este mismo lugar y con casi iguales palabras, idéntica invitación le hicieron a Cristo los discípulos de Emaús.

En realidad, ¿fue verdad o mentira lo que yo logré escuchar de la boca de aquél hombre, o fue simplemente ilusión o quizás total fantasía? Poco duró la duda, pues en modo muy claro y concreto volví a escuchar por segunda vez la invitación formulada.

No hay duda de que ciertos hechos, por insólitos e inesperados que sean, pueden sacar a cualquiera del marco de la realidad. No fue propiamente mi caso, pues no sólo no estuve inconsciente sino que pude gozar de lo que allí fui testigo.

Casi al anochecer, completamente impactado, volví a Jerusalén. Y si bien al día siguiente no cumplí con todo lo proyectado, seguí saboreando a pleno la gracia que recibí.

Hoy, después de muchísimos años en momentos de gran silencio, aún siento latir en mí esa misma emoción que tuve en esa tarde que agonizaba y comenzaba a cubrirse de sombras. Más aún, su recuerdo se convirtió para siempre en fuente de inmensa calma, de luz y paz interior ¡Todo un regalo del cielo sin haberlo yo pedido!

Esta fue para mí una experiencia puntual, concreta y muy personal. Pero creo que todo el mundo, de una manera o de otra, puede contar también en su haber, algunas que haya tenido y que, por pasar los umbrales de lo que es usual y ordinario, hasta su mismo recuerdo parece un don generoso del cielo.

Alguien en cierta ocasión suavemente me deslizó: "Lo que queda en la vida son los hermosos recuerdos de gratas cosas vividas". Y no le faltaba razón pues parte de la sabiduría consiste en saber disfrutar de todo lo bueno que se nos da ¿Será todo realmente de esta manera? La misma Biblia nos dice refrescándonos la memoria: "Goza de los días felices y no desprecies un placer legítimo cuando ello te toque" (Eclo. 14, 14).

Se trata de vivir bien, no tanto en el sentido del confort exterior, sino en el sentido de plenitud interior.

Los días del hombre son breves y no siempre son venturosos. Cuando del cielo nos venga alguna gracia especial, sepámosla atesorar para poderla gozar y para que aún su misma memoria nos traiga el recuerdo de Dios.
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Rogelio Oro 17/7/2002



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