Hace tiempo que te ando buscando sin poderlo lograr. Me desplazo nervioso por esta enorme y ruidosa ciudad que es una perfecta Babel.
Pregunto por vos en todas partes. ¿Querés creer que no hay nadie que sepa informarme? Algunos entre ellos me dicen haber escuchado de tus muchos milagros, que se quedaron con ganas de conocerte pero urgidos por impostergables negocios, no pudieron cumplir sus deseos.
Otros no dicen nada y lo peor todavía, hasta hay quienes se dan por molestos con mi inesperada pregunta.
Aquí en esta enorme Babel todo el mundo corre, se mueve y se agita como danzando en un escenario infernal. A nadie le importa en verdad, fuera de su propio interés, lo que está pasando a su lado, ni de los problemas ajenos o las urgencias más apermiantes de otros.
Es la expresión del egoísmo en persona, el reino de la indiferencia total. Así que cuando pregunto por vos, apenas si me pueden oir lo que digo, y si por ventura intentan hacerlo, me responden levantando los hombros o mirándome con ojos extraños o inquisidores.
Pero no bajo la guardia por eso y sigo insistiendo con pertinaz tosudez. Te sigo buscando por todas partes. En alguna -me digo- estarás. Y así continúo con mi tarea.
Recorro barrios, plazas y calles. Subo y bajo escalones. Me cuelo por mil oficinas y por cuantos negocios encuentro. A todo el mundo pregunto pero con igual resultado. Nadie me sabe decir dónde estás, ni dar un dato siquiera para poderme orientar.
¿Dónde te has metido Señor, que no te puedo encontrar? ¿Tan difícil y exquisito te has vuelto que ya ni de cerca ni de lejos puede darse con vos? ¿Dónde te puedo encontrar?
Con esta pregunta colgando en mis labios pasé todo el día sin ningún resultado.
Ahora charlando conmigo mismo, pienso que de encontrarte te diría una cosa. Algo que si no fueras vos a nadie del mundo diría pues hiere muy hondo mi propio orgullo. Pero debiéndote sinceridad, sin tapujos, aquí va: "Me siento rendido, completamente agotado. Pero sobre todas las cosas terriblemente decepcionado. En realidad no esperaba tal jugarreta de vos.
Con el alma así herida, me voy yendo hacia el bosque cercano para poder descansar.
Soñé, mientras dormía, que venías a mí, Nazareno. Y con tu voz suave pero firme a la vez me decías: "Admiro y apruebo tu gesto, tu firme constancia en buscarme pero no la forma ni el modo de hacerlo. Tanto tiempo de estar con ustedes y todavía no me conocen. Cuántas veces les aseguré mi presencia siempre que me llamaran y en forma particular cuanto más apretase el dolor.
Pero creo que en este caso te olvidaste más de una cosa. Que yo no juego a las escondidas. Que yo acudo cuando y donde me llaman. Y... (creo que es esto lo que olvidaste) que soy amante del silencio y la calma y por ende enemigo del ruido y de la agitación. Era por tanto muy lógico que en esas instancias fuera difícil encontrarme.
Ahora que ya te alejaste de todo ese loquero humano y te encuentras tranquilo, calmo y sereno, salgo y vengo a tu encuentro. Abrí pues los ojos y verás a quien tan afanoso buscabas.
Si alguna otra vez se te ocurre buscarme hacélo donde reina el silencio y la calma. Nunca en el ruido o la agitación. Allí seguramente estaré y podremos charlar tranquilos sobre tus cosas y las mías.
En ese ambiente también tanto vos como tus amigos podrán disfrutar y gozar, comprendiendo a pleno el sentido de mi mensaje. De otra forma será difícil por no decir imposible. Por ventura, alguno de ustedes podría captar en el bullicio o el ruido aquello de: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y tu mente y al prójimo como a tí mismo" (Mateo 22, 37-38) O aquello otro: "Felices los pobres de alma..." o "Felices los limpios de corazón..."( Mateo 5,1; Lucas 6,20) o el resto de las Escrituras.
Alégrate pues con la vida y con los años que mi Padre te de. Pero si querés de seguro encontrar a tu Amigo y compartir un buen rato con él, hacélo donde te dije y verás que no errarás el camino". |
|