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La bomba del amor

Frente a los serios y graves problemas que hoy sacuden el mundo, uno se pone a veces a pensar y a entrelazar reflexiones.

En todo tiempo han habido -no es novedad para nadie- encontronazos, crisis y guerras y no sé cuántos males más. Con todo y a pesar de todo, uno piensa y supone que, a medida que el mundo avanza, las cosas mejorarán. No parece ser así, más bien todo al revés.

Se proclama el desarrollo y progreso en todas las direcciones. Pero viendo las cosas de cerca, se constata que éstos se expresan y dan tan sólo en algunas partes. Por de pronto en muy limitados países, con recursos más que abundantes en el campo de la ciencia y de la técnica también. Y por sobre todas las cosas se nota en estos lugares, concentración de acción y poder para cualquier decisión.

Cuando en otros pueblos se dan, quedan éstos siempre sujetos al criterio y opinión de aquéllos que son más grandes, que manejan todos los hilos e imponen su voluntad soberana. Del resto nadie se acuerda.

No es difícil comprobar entonces frente a tal situación, que aparezca esa cruel realidad: la de una pequeña parte del mundo avanzando a un ritmo veloz pero la otra que queda, sumida en total escasez. Potencias que surgen airosas a costillas de las otras, pueblos dominadores y otros que son dominados. Unos ricos, otros pobres. Fronteras e ideologías de un bando como del otro.

¿No es que la tierra por igual abriga a toda la Humanidad formando así un solo pueblo que es el que debe crecer y avanzar? ¿Por qué, entonces, tanto egoísmo?¿Por qué tanta ambición?

Mientras subsista el problema de esta falta de equilibrio, que en este caso es total, siempre estará latente la amenaza de un conflicto entre esos dos mundos en pugna. Por desgracia ya el incendio comenzó. Los bandos se llaman a lucha. La sangre comienza a correr. ¿Hasta dónde se llegará? ¿Quién avisorará el final? Las armas convencionales se han vuelto ya relativas frente a otras nuevas, letales, que pueden dar vuelta el mundo, cambiando de esta manera la Historia en forma total.

Nadie por cierto conoce el futuro de la presente contienda. Lo que sí puede afirmarse y quizás con toda certeza, es que si no prevalece la razón y la cordura, todo puede suceder, aun aquéllo que más se teme. Pero, ¿qué razón y cordura en esto puede caber si por ambas partes se ven señales de obcecación? Cada bando está empeñado en apoyar sus puntos de vista, sus intereses sagrados. Y bien se sabe por cierto, aunque en gran parte yacen ocultos, cuáles son los intereses que pretenden defender.

Las guerras -nos está gritando la Historia- nunca fueron los medios más aptos para encontrar solución a los problemas humanos. Todo por el contrario. Causaron millones de muertos sin contar el cortejo de heridos, lisiados y refugiados. ¿Qué pensar de las madres que quedaron sin sus hijos, las mujeres sin sus maridos y las lágrimas de todos llorando a los que se fueron? "Dios pedirá cuentas de la sangre derramada..." (Sal. 9, 13; ver Gn. 4, 10). Así lo dice la Biblia. Él es el único dueño de la vida y de la muerte. ¿Por qué empeñarse entonces en seguirla derramando?

Los pueblos como los hombres para poder subsistir en su total dimensión, necesitan de pan corporal, también del espiritual. Sin ellos es imposible vivir en paz y prosperidad.

La verdadera grandeza de aquellos llamados "países fuertes" ha de estar en poder ayudar a aquéllos que no lo son. No sólo dándoles pan, sino enseñándoles a ganar con su esfuerzo y su tesón.

Sería la gran sorpresa de este siglo XXI si todos los poderosos a su poder material lo supiesen hacer redituar, haciendo en efecto estallar La Gran Bomba del Amor, la "atómica" del amor sobre aquéllos pueblos que verdaderamente lo necesitan. Política de acción conjunta y de cooperación verdadera. Política de real ayuda condonándoles sus deudas y brindando reales facilidades para poder salir de una vez del marasmo en que se encuentran.

¡Cómo cambiarían las cosas! ¡De qué forma se asombraría el planeta! ¡Cómo parecería estar viviendo en otra galaxia! ¡Cómo este mundo sería, en verdad, otra cosa si los hombres aprendieran a deponer sus pasiones, a amarse sinceramente, a erradicar egoísmos y odios, como intereses mezquinos! También a saber perdonarse.

Esto que suena quizás a fantasía e ilusión o a una perfecta utopía, sería realmente posible si el hombre se propusiera con inteligencia y valor, hacer estallar también la formidable energía que lleva en su corazón.
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Rogelio Oro 9/11/2001



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