|
|  |
| Lo que vieron sus ojos |
| Yo mismo los recompensaré haciendo vibrar en sus mismísimos cuerpos, transfigurados también, todo el encanto, el esplendor y hermosura de mi propia Transfiguración. |
|
Más de una vez, Nazareno, estuve por preguntarte sobre aquel maravilloso suceso tenido sobre el monte Tabor. Todos lo conocemos con el nombre de "Transfiguración".
Siempre supuse entender ese relato de Mateo y Lucas, al menos en términos muy generales. Pero cuando intenté meditarlo a nivel más profundo, pronto me percaté de mi cortedad de recursos para captar la totalidad del evento o conseguir respuestas completas que me satisficieran del todo.
Al releer dichos escritos (Mateo 17, Lucas 9), no dejé de observar tres detalles.
Primero: seleccionaste sólo a tres personajes de tu clásico grupo de doce.
Segundo: los condujiste a un lugar apartado.
Y tercero, sin que nadie lo sospechara, te transfiguraste ante ellos.
Mi pregunta y un poco ramificada, nace al contemplar la reacción de tus seguidores ante escena tan repentina. Ella sería directamente así: ¿Qué es lo que vieron realmente los ojos de Pedro, Juan y Santiago? ¿Cuál fue tu intención al provocar tal prodigio? ¿Su fascinación y fervor fue fruto de tanto esplendor y hermosura? ¿Fue debido a la brillantez de tu rostro o a la radiante blancura de tus vestidos? ¿A qué se debió tanta seducción y embelezo como para pedirte casi con ruegos levantar en ese lugar tres tiendas y permanecer allí mismo con Vos haciéndote compañía? ¿Qué les llevó a formularte tal petición con tanta ansia y deseo, olvidándose por completo de cuanto había a su alrededor?
Y si me permitís un apéndice a mi ya cargada pregunta: ¿Por qué sólo Pedro, Juan y Santiago fueron los elegidos para esta espléndida cita, y por qué ésta tuvo que ser en un lugar tan apartado?
Después de haber escuchado atento y curioso tu bien llamada "cargada" pregunta -contestó el Nazareno-, trataré de satisfacer tu inquietud y esclarecer un poco tus dudas.
Tal vez la sobriedad del estilo de aquellos que escribieron los hechos, dieron fundados motivos a todos tus interrogantes y a muchos otros quizás también.
Comienzo por responderte a la última pregunta. Lo del lugar apartado responde a lo que ya de memoria sabrás: nunca las distracciones y el ruido fueron compañeros propicios de una verdadera concentración. Tampoco para escuchar las voces de nuestro interior y menos para poder desplegar todas las fuerzas del alma y del corazón.
Y ahora sí voy a tu pregunta de fondo.
Lo que vieron realmente sus ojos, no fue sólo mi rostro radiante y mis deslumbrantes vestidos. Fue todo mi Ser humano y divino completamente transfigurado. Fue la presencia del mismo Reino de Dios confundido y fundido en Mí, desbordando su marco de plena Bondad, Verdad y Belleza, que es en definitiva lo que buscan sin sospecharlo los hombres al pretender disfrutar plenamente de toda suprema felicidad.
Vieron todo esto estallando en pleno esplendor y hermosura. Tal como resucité y me levanté de la tumba, tal como estoy en todo el tiempo en la gloria y tal como me verán todos ustedes cuando se junten conmigo en el cielo.
Claro que lo que vieron en esta ocasión fue tan solo un reflejo, un destello, apenas lo que un humano en su condición de criatura puede hacerlo, pero lo suficiente para tener una idea de lo que todos tendrán y verán en la gloria.
La presencia de Pedro, Juan y Santiago respondió simplemente a un expreso deseo mío: contarlos como testigos de lo que vieron, ante todos sus compañeros de entonces y de los que más tarde vendrían.
Me preguntás cuál fue mi intención al provocar tal prodigio. Pues la de estimular a los hombres a la construcción de un mundo mejor o lo que es lo mismo, a la difusión de mi Reino en la Tierra. Tarea nada fácil, por cierto.
Por eso con él quise también pulverizar cualquier desaliento ante ella.
Más tarde cuando se cumplan todos los tiempos cada uno verá si valió la pena comprometerse en ella. Yo mismo los recompensaré haciendo vibrar en sus mismísimos cuerpos, transfigurados también, todo el encanto, el esplendor y hermosura de mi propia Transfiguración. |
|
Rogelio Oro 29/8/2005
|