No hay duda que donde se dice muerte, se dice fin, término, desaparición. La naturaleza tiene sus ciclos: nacer, crecer, morir. Y el hombre como toda terrenal criatura no escapa a esta ley universal.
Sin embargo, nada hay más engañoso para los que alumbramos nuestra vida con la antorcha de la fe cristiana. Pagamos tributos a la muerte, no hay duda; pero ella no significa el final de todo, no es sinónimo de vacío total, no es la nada. Simplemente, el sendero silencioso y necesario para arribar a la eternidad.
Hoy evocamos los cristianos en el mundo entero, el acontecimiento más sublime e inimaginable que la Historia haya conocido. La creación toda, en su conjunto, con la corte de sus variados reinos: vegetal, animal y humano, rinden pleitesía, gloria y honor a quien glorioso y triunfante se irguió radiante sobre su sepulcro derrotado.
Jamás asistió la Historia a suceso tan inédito como escalofriante; con todo no pudo sustraerse a ser testigo de tamaño portento acaecido.
¿Qué mente humana descifrará el misterio? Difícil comprenderlo. ¿Quién osado se atreverá a negarlo? A lo largo de los siglos, es muy cierto, no faltaron voces orgullosas que dieron por muerto y sepultado para siempre a un Dios hecho Hombre. Lástima. Se quedaron sólo con la mitad de una verdad. Perdidos y obcecados en su gesto de soberbia, se mostraron incapaces de admitir y descubrir la otra mitad, la que los Cielos sorprendidos vieron y la Tierra anonadada contempló: su Resurrección. Esa misma que el apóstol Pedro, con solemne y lapidario testimonio proclamara ante quienes con odio y maldad no disimulable lo mandaron a la Cruz. "Dios ha resucitado entre los muertos...lo que hemos visto y oído, no lo podemos callar". (Hech. 3, 15; 4, 20) Esa misma verdad que, por otra parte, ya estaba en las Escrituras registrada y anunciada claramente por Profetas.
No dudamos que la resurrección fue el corazón de la misión de Cristo. La que le dio total sustentación y jerarquía y fue sello de su divinidad.
Tan importante es en la vida cristiana este singular evento que el apóstol Pablo se atrevió con inusual firmeza a confesar: "Si Cristo no hubiese resucitado, para nada serviría nuestra predicación y nuestra fe"..."y nosotros, los cristianos seríamos los hombres más necios e infelices de este mundo. Pero Cristo resucitó y todo ya cambió". (1 Cor. 15,14-19)
La Resurrección resultó ser así para nosotros todos, un verdadero torrente poderoso de luz, de fuerza y de alegría, como también un vigoroso y fuerte espaldarazo a nuestra fe y esperanza sacudidas.
Ahora sí que el Hombre-Dios, mirándonos a los ojos con total franqueza podrá decirnos:
¡Ánimo y confianza!
Que lo gris y lo negro ha terminado; las pruebas y dolores han cesado, las lágrimas y llantos se han fundido.
Que de todo esto, lo grande y portentoso ha sido, que vieras a la muerte en vida convertida y demostrarte así, de esta manera, que mi Reino anunciado y predicado, no es ilusión perdida, sino prueba de un Amor incontenible traducido en felicidad sin fin.
Te prometo con el "Signo" que te he dado, compartirlo contigo eternamente.
¿Será para dudarlo? |
|