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No confundir el bien con el Bien
El bien del hombre en la tierra cuando realmente se da, no puede darse de otra manera. Siempre lleva adherido, como todo fruto terreno, su inconfundible sellado de relativo y fugaz.

¡Cuántas veces en la vida suspiramos por lo que, a menudo, creemos ser "Total Felicidad"! Sin embargo otras tantas lamentamos no encontrar en lo buscado aquello que imaginamos. Siempre se esconde en el alma un invisible testigo que sin pedírselo nadie, muestra la verdad de las cosas aún a quien le cueste aceptarla.

Que el hombre frente a la vida sienta delirio de gozo, ansias de plena grandeza y frenesí por todas las cosas, no tiene nada de raro ni menos de reprochable. Todo por el contrario. Es lo más natural. Responde sencillamente a una muy sabia apetencia de toda creatura humana y puesta allí en su interior por el mismísimo Creador.

"Salud, dinero y amor", como reza la vieja canción, pueden ser parte quizás de esos bienes que todo hombre pretende. Nadie prohibe gozarlos si en buena ley se lo hace. Lo lamentable sería tomarlos como "Absolutos" y olvidarse que ellos como parte de una misma herencia conviven también con otros que nada tienen de bueno. Nosotros conocemos algunos con nombres bien repelentes: enfermedad, dolor, decepción, angustia y también soledad. Y esto por no nombrar al peor de todos ellos que cumpliendo muy bien su papel, es quien pone el punto final a todo.

Se llamen bienes o males, todos sin excepción, son agentes pasajeros pues así como vienen se van y todos ellos terminan.

Tan evidente resulta esto, que si alguno osara negarlo por personal experiencia algún día podrá comprobarlo.

El bien del hombre en la tierra cuando realmente se da, no puede darse de otra manera. Siempre lleva adherido como todo fruto terreno su inconfundible sellado de relativo y fugaz. Y lo que en realidad busca el hombre es exactamente lo contrario. Consciente o inconscientemente reclama lo que es duradero y eterno, cosa que en donde vive no podrá conseguirlo jamás.

Recuerdo que, siendo niño, nuestro padre a fin de semana solía sacarme con mis hermanos a dar una vuelta en auto. Respirábamos aire puro por jardines, parques o serranías. A veces también nos llevaba a alguna fiesta infantil. Pero fuéramos donde fuéramos, en realidad de verdad, nos divertíamos "a full".

Al salir de casa, papá siempre nos preguntaba con cierto son picaresco: "¿A dónde vamos chicos ahora?". Y todos, inquietos, alborozados, estallando de alegría a gritos le respondíamos: "¡A divertirnos papá!".

Regresando ya de nuevo al hogar, la misma pregunta quebraba nuestro curioso silencio: "¿A dónde vamos chicos ahora?". Y todos, con voz apagada y tenue, sin bríos, sin fuerzas ni ganas apenas si contestábamos: " De nue...vo a ca..sa papá".

Pero, ¿qué es lo que había marcado tan tamaña diferencia entre una ida tan bulliciosa y alegre y una vuelta tan deprimida y tristona?

No había mucho para pensar. Una cosa era el comienzo: puro entusiasmo, loca alegría. Pero terminada ya la función todo se desinflaba pues veíamos con gran pesar que la fiesta concluía.

Siempre sucede lo mismo. Cuando lo hermoso y bello termina, una insinuante nostalgia comienza a invadirnos el alma. Pero también se constata luego, que como otra ave Fénix renacen nuevas ansias de festejar como también de gozar.

Y esto nadie lo puede impedir. Lo lleva el hombre en su sangre. Por algo Dios lo creó y dispuso que fuese así. Su intención siempre fue hacerlo totalmente feliz. Y de esto nunca se arrepintió. De allí que inyectó en su ser la fiebre por lo "Supremo", por ese "Bien absoluto" que sin cesar busca y reclama sin poderlo conseguir.

Hemos salido de Dios y hasta que no volvamos a Él, nunca tendrá descanso nuestro agitado corazón, solía decir el gran San Agustín. Y no le faltaba razón.

Disfrutemos y gocemos todas las cosas lindas que tiene la tierra y que son muchas más que las que el hombre imagina. Pero sepamos diferenciar lo relativo de lo esencial. Una cosa es lo que pasa y concluye y otra la que es eterna y siempre perdura. No podemos ignorar la diferencia que hay entre un débil rayo de sol que preanuncia la aurora y su foco central donde nace la luz.

Reavivemos la esperanza. Un día comprobaremos que la "Felicidad total" que soñamos, la encontraremos seguro cuando nos abracemos con Dios.
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Rogelio Oro 16/8/2002



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