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¿Por qué tantas luchas, dificultades y pruebas?
No tengas miedo ni retrocedas ante tantas dificultades, me dijo. De estas y otras peores está llena la Tierra.

Sentado sobre una roca y en compañía de un sol estival, devoraba con avidez el paisaje que se extendía delante de mí.

Se asemejaba a un inmenso tejido bordado con mil colores y entrelazado con tal precisión que no se podía dudar de su autor.

Un espejo verde azulado, color quizas robado del cielo, estaba engarzado en el valle como una joya celosa en un regio y grande collar.

Los cerros se enseñoreaban de aquellos extensos dominios y cada uno porfiaba por exhibir su hermosura, sobre todo cuando el sol por turno los acariciaba besándoles las mejillas.

Y el cuadro aún se tornaba más bello, cuando en medio de tanto esplendor, interminables hileras de vides junto a otros mil olivares y apetecibles frutales hacían su aparición. Todo entonces se teñía de verde y colmaba ese rincón embrujado con indecible paz y frescura.

Los cerros, el aire. el agua y el sol reunidos en cordial amistad, supieron cambiar el rostro de esos antiguos yermos dormidos y convertirlos ahora en tierras de inusitada atracción.

Confieso que semejante paisaje (*) tan lleno de luz, color y alegría, arrancaron de mí un profundo suspiro que traducido en palabras diría: ¡Qué bueno es poder disfrutar la vida en medio de tan envidiable escenario!

Y como a menudo sucede después de una fuerte emoción, al retornar el sosiego la mente vuelve de nuevo a tomar su ritmo normal expresándose en su acostumbrado lenguaje de pensamientos, juicios, preguntas y reflexiones.

Fue lo que en mí sucedió. Al ir descenciendo paulatinamente del monte, absorto y maravillado por tan inesperada sorpresa, me sentí de repente asediado por interminables preguntas e interrogantes exigiéndome una inmediata respuesta.

¿Por qué para unos la vida resulta tan facil -al menos en apariencia- y para otros tan desgraciada?

¿Por qué a mí tanto se me regala y a otros tanto se le mezquina?

¿Serán esos cerros sólo decorativos o guardarán sus entrañas tesoros desconocidos?

¿Qué serán de estas tierras plantadas con tantas riquezas si por ventura algún día un despiadado aguacero junto a un implacable granizo les castigara la cara arrebatándole todos sus frutos?

¿No pasará con este paisaje lo que les sucede a los seres humanos cuando el dolor y la prueba también los ataca dejándoles sus carnes marcadas?

Ante tal alud de preguntas y de múltiples reflexiones quedé más que desorientado y no supe qué responder. Guardé un cauteloso y pasajero silencio por si algo se me ocurría.

Pero en el instante preciso cuando ya casi aceptaba mi condición de vencido, sucedió lo que menos me imaginaba. Con su oportunidad conocida el Nazareno vino en mi ayuda sacándome del apuro.

No tengas miedo ni retrocedas ante tantas dificultades, me dijo. De estas y otras peores está llena la Tierra. Y aunque te extrañes y parezca mentira, son ellas las que permiten abrirte camino en la vida y realizarte como persona.

Es lástima que tanta gente desconozca e ignore su rol. De ser así no huirían tanto de ellas ni le demostrarían tanto terror.

De ellas nadie se escapa. Son herencia fijada para toda la humanidad. Por lo tanto compañeras eternas de ruta, es decir, hasta el punto final.

Dificultades, pruebas, escollos y otras piedras puestas en el camino no son sino barreras allí colocadas para que una vez superadas permitan asomarse al cielo.

Estando en la Tierra -recuerdo- les dije un día: "Sed perfectos como mi Padre celestial lo es" (Mt. 6, 48). Pero es sabido que solo Él puede serlo. En verdad mi intención fue decirles: "Luchad siempre por el triunfo del Bien, sabiendo que si así lo hicieran aunque fuese muy duro el combate, tarde o temprano caerían en los brazos de Dios asemejándose a Él".



(*) El autor hace alusión a los valles de Ullúm y Pedernal provincia de San Juan (Argentina) recientemente visitados (marzo 2005)
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Rogelio Oro 22/4/2005



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