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¿Qué es eso del Reino de Dios?
¡Pobres! Aunque audaces en sus pedidos no imaginaron jamás el precio que ellos tendrían.

Por lo que sé y me consta, Jesús Nazareno, tu divina y humana misión en la tierra se concentró especialmente en anunciar y presentar a los hombres tu Reino.

Ahora bien, un reino implica -por lo menos para nosotros, seres humanos- felicidad, riqueza, gozos diversos en abundancia y como naturalmente no se puede dejar de pensar, un buen y regio pasar asegurado.

Frente a todo esto, más de una vez te confieso, se me cruzó por la mente una duda. Una duda muy simple por cierto, pero también más que obvia.

Entre tus numerosos amigos, ¿nunca nadie te preguntó por ventura acerca del mismo, en qué consistía concretamente ese Reino? ¿Nadie te preguntó qué clase de premios, de recompensas o bienes les ofrecías?

Tengo entendido que entre tus seguidores, ninguno pasaba por místico. Tampoco gastaban sus vidas soñando herencias espirituales. Por el contrario, eran hombres sencillos y rudos, todos trabajadores y con sus pies bien puestos sobre la tierra. En ella estaban sus intereses, sus ambiciones junto con sus amores.

Siendo esto así, quisiera saber Nazareno, ¿qué clase de magia usaste para llegar a esas mentes y convencerlos luego por lo que debían luchar y aspirar.

Mi curiosidad me lleva también a inquirir qué cara ellos pusieron cuando por vez primera te sintieron hablar de ese Reino. ¿Qué cosas te preguntaron? ¿Cuáles fueron sus reacciones?

Supongo que nada fácil habrán sido tus primeros intentos.

Y como si alguna otra cosa faltara, desearía saber además, Nazareno ¿qué clase de adrenalina corrió luego por esas venas para que una vez comprendido el mensaje, se lanzaran a su conquista en forma tan corajuda y valiente, hasta olvidándose de sí mismos?

Como en todo proceso humano, pienso que el tiempo habrá sido factor decisivo para ir comprendiendo lentamente las cosas para enfrentarse luego también con tan semejante empresa.

Con ojos dulces y comprensivos me miraba el Nazareno. Esperó que yo me callara. Luego con suave y muy claro acento me respondió de este modo: -No deja de ser razonable como acertada tu duda. El camino de la salvación jamás estuvo exento de espinas. Pero yo vine a la tierra con un Proyecto bien definido y le juré a mi Padre cumplirlo hasta el final.
Estando las cosas así comencé a presentarle a los hombres mi Reino, el de la plenitud del Amor y de todo cuanto él implica y conlleva.

Para los hombres desde el comienzo la comprensión del mismo no resulto muy fácil. De allí mis innumerables intentos para hacérselos comprender: el Sermón de la montaña, las numerosas parábolas, las más variadas comparaciones.

De entrada nomás, choqué contra la mentalidad de mi gente acostumbrada a medir sus cosas con la ley odiosa y antigua, esa del "ojo por ojo y diente por diente". Pero como sabés, yo vine a perfeccionar esta ley, a retomarla para darle un nuevo sentido. El amor a Dios y al prójimo fue el anuncio de la plenitud del Amor, la Nueva Ley que yo proclamaba. En eso estaba la esencia del verdadero Reino de Dios.

Si alguien se interesó por conocer en concreto su contenido, no recuerdo que lo hiciera, al menos así en forma tan precisa y directa. Pero como es natural que así sucediera, al principio ellos pensaron en términos bien exclusivos y bien materiales. Así se dio el caso que algunos de ellos, por ejemplo, pidieran por puestos muy pintorescos, de privilegio y muy especiales.

¡Pobres! Aunque audaces en sus pedidos no imaginaron jamás el precio que ellos tendrían.

Con todo, como siempre sucede, el tiempo se encargó de aclarar muchas cosas. Y así cuando en cierta ocasión algunos me preguntaron qué premio recibirían por haberme seguido y dejándolo todo por Mí, les aclaré: recibirán el ciento por ciento de cuanto dejaron y la Vida eterna también.

No sé si por ese entonces alcanzaron a comprender mis palabras; pero de seguro algo quedo más claro.

Recién con la llegada más tarde del Espíritu Santo se les abrieron completamente los ojos captando en gran parte el Misterio. En ese momento estalló la revelación en sus mentes. A partir de ese entonces ya no midieron esfuerzos, escollos ni penas y con renovada adrenalina en sus venas, se lanzaron de lleno a la conquista del Reino. Y sé que alcanzaron su meta.

Un día el hombre ya revestido de su cuerpo glorioso, contemplará con sus ojos la realidad de este Reino. Y gozará en él para siempre de las inefables delicias que Dios en su amor le brindó.
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Rogelio Oro 6/3/2007



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