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"¿Qué quieres que haga por ti?"
Yo quisiera que todos los hombres pudieran gozar de los ojos del cuerpo para contemplar cuánto de hermoso y de bello puso mi Padre en la tierra.

Aquella mañana de julio dejando Jerusalén, partí para Jericó con la intención bien expresa de llegar -si el tiempo lo permitía- a las riberas del río Jordán. Aquí pensaba quedarme tan sólo un par de días para poder meditar concentrado ciertos hechos que mencionados por las Escrituras, acaecieron en estos parajes.

Este era al menos mi plan. Las cosas se dieron como las calculaba, así que una vez que llegué me dispuse a cumplir mi tarea.

Para ella nada mejor que un rincón que encontré enclavado entre juncos y piedras lamidas por las aguas del río.

La depresión del Jordán sirvió como una caja de resonancia para escuchar, aunque fuese en forma imaginaria, las voces de aquellos viejos actores que protagonizaron esos hechos.

Confieso que pocas veces me vi tan bien colocado en ese marco tan vivo como real.

Fue así como sin prisa y sin pausa me fui adentrando de a poco en una profunda meditación sobre esas escenas lejanas.

¡Cómo no sorprenderse y llenarse de honda emoción ante el recuerdo de Cristo bautizado en esas aguas por Juan. O ante el testimonio que su Padre le enviara del cielo al decirle en forma tan clara: "Tú eres mi hijo muy querido y amado en quien he puesto toda mi complacencia" (Marcos 1, 9-11).

¡Cómo no sacudirse o rendirse ante la enérgica voz del Bautista, llamando a cuantos quisieran oírle al arrepentimiento, penitencia y también conversión!

¡Cómo no vibrar de emoción ante el gesto genuino de amor de quien siendo samaritano y gentil no trepidó en auxiliar al maltrecho y herido viajero que en pleno desierto encontró abandonado!

¡Y qué decir del ciego de Jericó que al enterarse del paso de Jesús por su tierra le pidió a gritos su curación!

Imbuido en estas y otras meditaciones andaba mi pensamiento, cuando en esos instantes algo raro me sucedió. En medio de tales meditaciones o soñando quizás también, de repente me vi transportado a otro escenario distinto. Estaba con el Nazareno preguntándole: ¿Por qué le dijiste al ciego "qué quieres que haga por ti", si ya sabías a todas luces lo que él más necesitaba y quería? (Lucas 19, 35-43).

"Para exaltar y honrar a mi Padre del cielo, hago todas mis cosas", enseguida me respondió.

Por otra parte al ciego, como a cada ser en la tierra, le formulo siempre la misma pregunta: ¿"Qué quieres que haga por ti"?

Yo sé que en la tierra los ciegos pululan más allá de lo que la gente imagina. Pero como el mal que adolescen en muchísimos casos no sólo se ajusta a la ceguera del cuerpo, sino que alcanza a la del alma también, en verdad son muy pocos los que siendo conscientes de ella, piden poner luz en sus ojos.

Esa inconfundible como ignorada "ceguera" -prosiguió el Nazareno- suele ser muy peligrosa, pues con el tiempo se agudiza y agrava. En ciertos momentos, hasta puede provocar fatal confusión: "Creen ver y no ven". Y por carecer de verdadera visión dejan de conocer lo que en realidad debieran saber.

Aquel ciego, para algunos molesto y gritón, nos dejó sin embargo una regia lección: Para curarse su mal supo a quien acudir y como lo que pidió lo hizo con plena fe, en sus ojos sombríos volvió de nuevo a brillar la luz.

Yo quisiera que todos los hombres pudieran gozar de los ojos del cuerpo para contemplar cuánto de hermoso y de bello puso mi Padre en la tierra.

Pero con todo mi corazón aún más quisiera, que pudieran ver con los ojos del alma las otras incomparables bellezas que escondiéndose detrás de ésas, terrenas y tan pasajeras, son -sin embargo- muy superiores y lo que es más, son eternas.

Mientras tanto aquí estoy. Y sufriendo en mi cuerpo el dolor que ellos tienen recorro las calles, las plazas y pueblos para saber donde están. Y de encontrarlos, correr presuroso a su lado y decirles muy quedo al oído: "¿Qué quieres que haga por ti?".

Cualquiera que necesite sinceramente mi ayuda para curar su "ceguera", sea cual sea, y acuda a mí con confianza, tendrá la misma respuesta del ciego. Su larga noche, oscura y sombría volverá a cubrirse de luminosas estrellas.
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Rogelio Oro 16/1/2006



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