Para examinar situaciones diversas o tomar también decisiones frente a cualquier contingencia, siempre nos pareció correcto a los hombres valernos de nuestra lógica humana activando así la razón natural. Entre otros caminos posibles, éste siempre pareció ser el más acertado.
Sin embargo, mi buen Nazareno, rastreando tus pasos por este mundo más de una vez comprobé, y no sin cierta sorpresa, que tu proceder al respecto no siempre rindió tributo a esta regla tan clara como también aceptada. Por el contrario, a veces no sólo la abandonaste sino que -en actitud bien manifiesta y llamando también la atención-, tomaste por otro camino distinto del ya conocido.
¿A qué se debió esta extraña forma de obrar? ¿Por qué este dejar de costado las ya consabidas reglas de juego? ¿Hubo acaso en ello algún objetivo especial?
Apenas apagada mi voz, oí la del Nazareno que con su proverbial calidez me respondía diciendo: "Celebro tu rapidez al advertir mi distinta forma de obrar, lástima que no tuviste la misma en develar mi intención al hacerlo".
Sucede, prosiguió el Nazareno, que muchas veces -por no decir casi siempre-, los problemas de todos los días, esos que llamamos "corrientes", se resuelven directamente, como bien lo observaste, con el simple pensar racional. Pero si examinás de cerca las cosas, enseguida caés en la cuenta de que dicho instrumento no basta, no alcanza para entenderlas a todas. Hay hechos de naturaleza especial que no se dejan captar bajo el cristal de esta lupa. Problemas como la muerte, la eternidad o el más allá, ¿con qué luces se escrutarán? Otros como la existencia de Dios, su Providencia y acción sobre el hombre y el mundo, ¿cómo podrán develarse?
Pero sin necesidad de apuntar tan alto o ir tampoco tan lejos, problemas como el dolor, la injusticia o el mal, o la mismísima condición humana... ¿con qué podrán explicarse?
Evidentemente no con las luces de la simple razón o las que aporta la ciencia. Ellas no alcanzarán para iluminar tanto horizonte.
Ante esta importante carencia y para superar todo escollo, es que, llamando sí la atención, frecuentemente apelé a la fe de quienes me reclamaban por un favor especial. Es decir, apelé a una adhesión total de mente y de corazón a Mí, cercana en certidumbre.
En esto precisamente consiste la fe. Ella implica, no cabe duda, un reconocimiento total de un Poder o de un Ser superior que tiene en sus manos el destino del hombre.
Cuando en mi andar por la tierra esto se producía, la fe daba paso al milagro obteniéndose lo que se pedía.
Con esta forma de obrar quise mostrarles a cuantos seguían mis pasos, que existe otro camino para poder contemplar las cosas distinto del ya acostumbrado. Para el que cree y se apoya en Mí, todo es posible (Marcos, 9,28), pues para Dios nada resulta imposible.
Razón y fe, recursos maravillosos que el hombre dispone para buscar y encontrar la verdad. Cada una tiene su plano, su campo y radio de acción bien marcado. La primera se ocupa del mundo exterior, sensible y concreto. La segunda, de lo que lo trasciende, de lo que está más allá de las cosas. Y si bien ambas responden a fuerzas distintas: natural y sobrenatural; no son para nada rivales ni pueden estar enfrentadas, aunque en alguna ocasión, alguien quiso presentarlas así. Por el contrario, se complementan y van de la mano en el arduo esfuerzo y trabajo de captar verdades profundas y realidades eternas.
¿Por qué en ocasiones, me preguntás: "¿Me aparté de mi común modo de obrar?" Con lo dicho creo haber despejado ampliamente tu inocultable inquietud.
Pienso que en la vida de todo cristiano está herida de muerte si no la acompaña la fe. Sin ella es imposible alimentar la esperanza de un verdadero encuentro conmigo.
La Fe, como bien dice mi Vicario en la tierra (Joseph Ratzinger - “Dios y el mundo” - Pág. 235), no es un mero sistema de conocimientos, de comunicaciones sino que es en esencia el auténtico encuentro conmigo. Encuentro que proporcionará la luz profunda para comprenderme a mí, Jesús Nazareno, comprender a Dios, al ser humano, al mundo y al sentido que encierran las cosas y la vida también. |
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