|
|  |
| Respuestas a preguntas extrañas |
| Ni oído humano oyó, ni ojo vio, ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene reservado para aquellos que creyeron en Él en la tierra y lo amaron. |
|
No quiero dejar de contarte, mi Nazareno y amigo, lo que me pasó hace sólo unos días en ocasión de acompañar a un amigo de toda la vida a su última morada.
Como sé que también era el tuyo y de una manera especial, no descarto que ya a estas horas haya golpeado tu casa y lo habrás recibido en ella.
Pero observá qué cosa curiosa me sucedió mientras acompañaba sus restos hacia la tumba.
Iba pensando en él al tiempo que me distraje contemplando la inmensidad de ese original paraje. Pero no fue la inmensidad del lugar que cautivó mi atención, sino la belleza de ese paisaje por donde se deslizaba en silencio el cortejo. Plantas, guirnaldas y arbustos de toda especie se entrelazaban en cada rincón haciendo un ameno y gracioso juego con los paseos, fuentes y numerosos senderos que por allí se encontraban.
Un césped cortado con mucho esmero cubría en forma total ese parque. Y sobre esta carpeta verde esmeralda, evocadora de sueños y fantasías, emergían de tanto en tanto, casi con delicada modestia, lozas blancas perfectamente dispuestas con el recuerdo de los que ya partieron.
Pero no sólo las lozas blancas hacían gala de su limpieza y blancura, sino que numerosos canteros repletos, llenos de flores desparramaban por todos lados brochazos de luz y color. Y era tal la hermosura de este retazo de campo que por unos instantes tuve la sensación de encontrarme ante una antesala del cielo y en realidad no ante un cementerio.
Y fue aquí donde en mi mente se deslizó una extraña y rara pregunta que sin buscarla y en forma espontánea trajo enganchada aún otra.
¿Cómo puede haber tanta vida, tanta luz y hermosura, aquí justamente donde se esconden tantos despojos, muerte y miseria? Y ante semejante contraste de un cuadro tan claroscuro, porfiaba yo por encontrar un rayo de luz que iluminara tanto misterio. Pero pese al intento deseado la luz que buscaba no apareció.
Aún no acababan de silenciarse los ecos de esta primera inquietud cuando la imagen de una segunda hizo su aparición.
¿Será verdad, Nazareno, que Dios, tu Padre, a sabiendas quiso ocultar a los hombres la hermosura y magnificencia del cielo? De ser conocidas, se dice, no habría poder en la tierra capaz de acallar su clamores y ruegos, invocando de ser necesario a la mismísima muerte para que apresurando sus pasos los llevara cuanto antes a Él.
¿Será esto realmente así o sólo fruto de una imaginación generosa?
Y otra vez más me sentí en apuros al no poder liberarme de este incómodo embrollo.
En medio de tal confusión, ¿te recordás? te acercaste muy despacio hasta mí y como siempre viniste en mi ayuda.
No creo que andes muy errado, si ibas a responder a aquello que andas pensando, me dijiste. En realidad la Tierra aunque a veces cuesta captarlo, es casi siempre generadora de vida. Ante esta inquietud quizás te hubieras tranquilizado si hubieses tenido presente lo que más de una vez les dije pero sin duda ya lo olvidaron: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto" (Juan 12, 24). O aquellas otras también: "El que cree en Mí, aunque muera vivirá" (Juan 11, 25-26).
Y en cuanto a tu segunda inquietud, ¿recordás por ventura lo que Dios le dijo a la primera pareja al principio de la Creación? "Creced y multiplicaos, dominad toda la Tierra" (Génesis 1).
Ésta fue la misión concreta que el hombre, la Humanidad, recibió de sus manos. Es decir, aprender a conocerse y valerse por sí mismo y trabajar por un mundo mejor. Y esto requiere tiempo , dedicación y apego especial a la Tierra sabiendo que nuestro destino final es compartir con Dios la hermosura y magnificencia del Cielo.
En realidad será tan sublime este gozo que si el hombre sólo pensara en él quizás no podría cumplir con el mandato primero: construir bien este mundo. Las palabras de Pablo son bien claras al hablar de este gozo."Ni oído humano oyó, ni ojo vio, ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene reservado para aquellos que creyeron en Él en la tierra y lo amaron". (1 Corintios 2, 9). |
|
Rogelio Oro 21/7/2005
|