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Si alguna vez te sucede...

La vida, al regalarnos los años, nos hace un excelente presente, como -sin duda- también un favor muy señalado.

Pero lo que aquí afirmamos de paso y en forma muy suelta por cierto, resulta a veces difícil poder comprenderlo. ¿Es esto realmente verdad o simplemente obedece a un mero decir de lo que a menudo escuchamos? Hay sufrimientos terribles que laceran a fondo los cuerpos, como también profundas llagas internas que hacen crujir a las almas. Sólo los que pasaron por ellas puedan quizás tener la palabra.

Pero aún admitiendo sus juicios y lo duro y cruel que se torna a veces la vida, el corazón siempre advierte como campana que tañe, que no hay que aflojar ni ceder; que vendrán otros tiempos mejores; que nada hay eterno en la tierra y que los bellos colores del cielo volverán nuevamente a lucir.

Por eso si alguna vez te sucede, que sangras por las heridas que tú mismo tal vez provocaste, recuerda que toda hemorragia cesa si pones a tiempo el remedio.
Si alguna vez te sucede que se te escapan los gritos por males que te han inferido, no te alteres ni te rebeles. Toma las cosas con calma. Verás que el tiempo sabrá reponer a nuevo tus nervios. Sin pensarlo habrás aprendido a reforzar así tu salud.

Si alguna vez te sucede que el odio bulle en tu sangre hacia quien quiso ensuciarte sin tener ningún motivo, contiene el aliento y respira. Es posible que en ese lapso logres también perdonarlo. Si puedes llegar a este umbral, seguro que sentirás lo que muy pocos consiguen: saborear el manjar de los dioses.

Si alguna vez te sucede que lloras por quien se fue y que era parte de tu persona, enjuga tu llanto y recrea el alma pensando lo que Cristo nos dijo un día midiendo nuestro humano dolor :"Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí aunque muera, vivirá" (Jn. 11,25). Y es para no olvidarlo, pues quien esto afirmó fue el vencedor de la muerte.

Si alguna vez te sucede que sientes frío en tu ser por la ingratitud de la gente, incomprensión o indiferencia también, no repliegues tus alas dejándote caer y morir. Sopla con fuerza las brasas que un triste día escondiste detrás de un impulso fugaz. Son brasas que al ser sentimientos no se apagan tan fácilmente. Si logras esparcir las cenizas que duermen sobre las mismas, harás que el fuego renazca y su calor generoso entibie de nuevo tus alas para que puedas volar.

Si alguna vez te sucede sentir el peso de honda amargura y desconocer el porqué, sal del marco donde te encuentres y lárgate a caminar. Si la ocasión se presenta, imprégnate de verde, de aire puro y de sol. Deja correr la mente por donde te guíe el paisaje. Después de un rato verás que puedes volver a casa con el ánimo cambiado y sin que te pese tanto esa carga.

Si alguna vez te sucede que en esta Babel del mundo te sientes muy deprimido, desorientado y confuso sin saber qué rumbo tomar, no te asustes ni desanimes. No exaltes tu fantasía. Vuélvete a tu interior. Allí en claustro calmo y sereno, pónte en la presencia de Dios. No tardarás en sentir cómo tu mente confusa, comienza a despejarse de a poco y a llenarse toda de luz.


Los males están en la tierra ¿Quién osaría negarlo? Pero por suerte existen también en ella las cosas buenas y bellas. El vivir no sólo es hermoso sino también deleitable.

Vivamos con gozo y humor los días que se nos den, pero recordemos para nuestro propio saber, que la alegría tanto como el dolor son siempre para nosotros la grata visita de Dios.
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Rogelio Oro 13/11/2002



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