|
|  |
| Si encontraste un amigo, encontraste un tesoro |
| Somos realmente demasiado generosos bautizando a medio mundo con el epíteto de amigo. En realidad no es tan fácil encontrarlo, al menos con los perfiles deseados. |
|
Hay una cosa bella en la vida: tener buenos amigos. En la jerga cotidiana, aludimos continuamente a ellos cuando hablamos de grupos, de círculos de amigos, de los amigos de la infancia, amistades de juventud.
Pero a decir verdad, siempre mezclamos en estas expresiones, sentimientos generales de simpatía, fluidez de comunicaciones, afinidades temperamentales y cosas por el estilo. No involucramos casi nunca en ellos serios y profundos compromisos. Son grupos de diversión, de grata compañía, a veces de sana expansión y agradable desahogo. Pero nada más.
Cuando quiero hablar de verdaderos amigos -amigos de verdad- no puedo dejar de establecer como exigencia misma de esa expresión, límites y perfiles bien concretos y precisos. En mi concepto personal, amigo es aquél que se convierte por el mismo hecho de serlo, en la "mitad de mi alma" según el célebre dicho de Horacio: dimidium animae mae (*). y esto no se da con frecuencia. Implica algo serio y no siempre tenido en cuenta.
Pero... ¿qué significa ser la mitad de mi alma? No otra cosa que dos corazones latiendo al unísono ante los múltiples retos de la vida. Dos corazones que juntos enarbolan banderas victoriosas frente a conquistas merecidas, que vibran de coraje y entusiasmo por lo que merece ser vivido. Significa compartir y disfrutar juntos triunfos y fracasos, penas y alegrías. En fin, no retroceder jamás y saberse jugar siempre el uno por el otro. Si fuera necesario hasta el sacrificio total.
¿No te suena en los oídos aquello de que no hay mejor amigo que aquél que da la vida por Él?
Y bien, frente a este apretado pero severo manojo de actitudes y aptitudes exigidas por una amistad sincera, por una amistad a muerte, nos brota espontánea la pregunta: ¿abundarán los verdaderos amigos?. Cantidad y calidad no siempre suelen caminar juntas. Bien lo afirmamos cuando decimos: "Poco pero bueno" y cuando ya también nuestros gauchos junto al fogón gritaban: "Poco puchero pero bien cocido".
Somos realmente demasiado generosos bautizando a medio mundo con el epíteto de amigo. En realidad no es fácil encontrarlo, al menos con los perfiles señalados. Haber tenido la fortuna de descubrir al menos uno es algo que debería provocar en nosotros el fuerte anhelo de conservarlo. Recordemos con esmero la bíblica advertencia "Si encontraste un amigo, encontraste un tesoro". Con lógica podríamos añadir: "Si perdiste un amigo perdiste un tesoro".
(*) Horacio, Odas, Libro I, Oda III. Traducción de Alfonso Cuatrecasas, Ed. Planeta, 1992 |
|
Rogelio Oro 27/11/2000
|