|
|  |
| Vengan a Mí, todos los que estén agobiados y afligidos que Yo los aliviaré |
| Recuerda: no basta tener de todo para gozar plenamente la vida |
|
Por más de que yo le insistí, Simón no quiso venir adonde yo lo invitaba. Y aunque muchas veces después volví de nuevo a la carga, fue con igual resultado. Nunca pude sacarle un sí. Siempre tenía excusas para poder postergarlo.
¿Sería conciente mi amigo de la gravedad de su mal, o simplemente quería guardar con celo lo que él solo sabía?
Conocí a Simón desde joven. Siempre cordial, laborioso y sincero. Sin embargo el tiempo lo fue cambiando y no para lo mejor. Trabajó, prosperó, hizo fortuna. Por desgracia, no supo administrar lo que la vida le regaló. Volvióse cerrado, egoísta y avaro, y para su perdición, lo peor: sin afecto alguno hacia nadie.
Actualmente no era un hombre tan joven pero tampoco tan viejo. Estaba pasando los años en que la vida aún ofrece gozar de mil emociones con tonos y ritmos variados. Y ¡vaya si él lo sabía! No se perdía ocasión.
Sin embargo, desde algún tiempo atrás, yo intrigado venía observando algo muy raro en su porte. No podría precisar lo que fuese, pero seguro nada tangible o concreto como podría serlo una herida o una mancha.
Era algo muy especial, parecido más bien a una nube que opacando la brillantez de sus ojos le daba a todo su cuerpo un aspecto muy lamentable de profunda angustia y tristeza.
Más de una vez lo sorprendí con su mirada perdida en un lejano y borroso horizonte como queriendo recordar tiempos mejores pasados o planeando quizás volver a tenerlos. Pero, ¿cómo salir de este profundo y calamitoso pozo en el que había caído?
A veces daba la sensación de buscar desahogo. Y así comenzaba a hablar demostrando cierta apertura; pero en lo mejor de la marcha cuando ya parecía que todo el rollo corría solo, de repente se detenía y ahí se plantaba. No había forma de hacerlo seguir o continuar hasta el fin.
¿Qué mano cruel o invisible existía detrás de esto que estrechándole la garganta le impedía soltar la voz o expresar cuánto sentía?¿Cuál era en verdad su auténtico mal?
Sólo Dios lo sabía. Mientras todos conjeturaban dando su propia opinión, Simón sufría y callaba.
Hasta consultas hechas y habidas con hombres de gran saber no dieron gran resultado en la búsqueda de su raíz.
En poco tiempo tanto había cambiado Simón, que hoy al verlo postrado así, no podría decir que fuese el mismo que yo conocí.
Fue aquí en esta ocasión cuando yo le propuse ir en busca del Nazareno para que El lo sanara. Si lo había hecho con tantos otros, ¿por qué no lo haría con él?
Pero Simón en esos momentos al parecer, tenía otras cosas entre manos y de mayor interés que encontrarse con un galileo que sin estudio y sin plata predicaba un “Reino de Dios” por cuanto pueblo pasaba.
Los días de otoño fueron corriendo muy rápido sin que las cosas se vieran cambiar demasiado. Pero no, en realidad algo estaban cambiando: el malestar de Simón que sin cesar se agravaba.
En la vida a veces suceden cosas inesperadas: unas que causan placer, otras no poco dolor. Pero aquí sucedió lo mejor.
Una hermosa mañana de sol sin que yo lo esperara se presentó de pronto Simón a mi casa rogándome con gran insistencia acompañarlo hasta el Nazareno.
En ese preciso momento, no supe qué contestarle. El impacto de la sorpresa me dejó sin palabras. Sólo atiné a pensar para mis propios adentros: Dios tiene y toma sus tiempos. Invita a todos ir hacia él pero sin violentar las conciencias.
Con la premura del caso ordené un poco mis cosas y luego con prisa partimos hacia Aquél que con ansias buscaba mi amigo. Por fortuna no erramos el blanco pues dimos justo con él cuando ya concluía su sermón de la montaña. Estaba cayendo la tarde.
Al vernos llegar desde lejos nos recibió con enorme dulzura como era su costumbre habitual. Luego en forma ya personal dirigióse a mi amigo y con tono de amplia franqueza le dijo:
"Hace tiempo que te aguardaba, Simón. Sabía que andabas mal, pero para poderte ayudar esperaba tu iniciativa. Esta que acabo de ver. Si deseas volver a tu casa lo puedes hacer cuando quieras. Lo que andabas buscando y pidiendo ya se te dio en abundancia: Paz y Alegría interior."
Sintió estremecerse su cuerpo en ese momento Simón, pero no se inmutó. Permaneció tranquilo y sereno escuchando al Maestro.
"La enfermedad que tenías, le dijo, vacío y angustia tremendas del alma, se da con alta frecuencia entre los seres humanos. Nadie la puede curar sino solo Aquél creador de las almas.
Recuerda: no basta tener de todo para gozar plenamente la vida. El hombre no sólo vive de pan sino también de algo más sustancial: de Amor. De ese amor verdadero y profundo que da sentido, gusto y valor a las cosas y que de llegar a faltar, el resto no es más que simple y pura apariencia, sinónimo de 'gran vacío', causa y raíz de tu mal.
En adelante cuando algo importante debas hacer y no sepas el cómo, consúltalo con el corazón. Si está contagiado de Amor, no dudes en su respuesta."
Ahora sí, regresa en paz a tu casa y no olvides lo que aprendiste. Llámame cuando quieras. Yo siempre estaré a tu lado, más cuando me necesites.
Si alguien por allá te pregunta por tu enfermedad y tu cura, muéstrales la receta. Esa que nunca falla pues es auténtico fruto del Reino de Dios que predico. |
|
Rogelio Oro 2/3/2004
|