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Volverá a brillar el sol
Por el amor que tenemos a Dios y también a nosotros mismos, si alguna vez -por cualquier razón- nuestro cielo se oscurece, no perdamos la armonía. Dejemos pasar el chubasco y luego, cuando alcemos los ojos al cielo, veremos de nuevo brillar el sol.

Muchas veces en cielos bien despejados, suele observarse un hecho que, aunque muy natural, no deja de llamar la atención: comienzan a revolcarse las nubes cubriéndose de crespones y en un tiempo más que veloz, se avecina la tormenta. Suena el trueno; estalla el rayo y en pocos minutos más, se descarga el temporal.

¡Qué poco tiempo bastó para cambiar el paisaje! De un cielo azul y sereno a otro negro y siniestro. Y aunque este cambio brusco de escena no nos resulte muy grato, se da con una frecuencia mayor de lo que pensamos.

¡Cuántas veces suele pasar lo mismo con nuestro cielo del alma! A momentos de grato placer, de calma y paz interior, suceden frecuentemente cambios inesperados. Como en una cascada, en forma continua y sin pausa, los males se precipitan tiñendo el alma de sombras. Tensiones, miedos, zozobras, pesares, incertidumbres, ansiedades e inquietudes, angustias y mil clases de pena. Todo parece darse como un fiero torbellino que quiere arrasar sin asco cuanto encuentra en el camino.

¿Cómo poder reaccionar? ¿Qué hacer en tales momentos? Difícil de responder, pero pienso que en cualquier caso: todo, excepto perder la calma.

Si logramos asegurarla, habremos tal vez salvado aquello que parecía perdido. Pero sea como ella sea, la tormenta ha de venir un día y cuando ello suceda, debemos saber enfrentarla.

En la vida -todos sabemos- hay que cambiar a veces el rumbo que más de una vez elegimos aún para hacer el bien. Es humano equivocarse. Pero esta operación no siempre resulta fácil. Conlleva más de un fastidio, trastornos y muchos nervios. Algunas veces también, buenas dosis de impaciencia.

Pero es justamente acá ,en medio del torbellino, donde la calma y la paz interior deben hacerse valer y mostrar su total eficiencia. Nos harán descubrir, sin duda, que la vida tiene muchas facetas. Unas quizás muy grises, pero otras maravillosas, dignas de ser explotadas. Además, que es un campo fascinante de ocasiones imperdibles para dar a luz a ciertos dones, vivir experiencias nuevas y vislumbrar otras sendas hacia donde queremos llegar.

Aquí donde vivimos y nos movemos hay lugar para todo: para lo bueno y lo malo, para lo bello y lo feo, para lo que es verdad y mentira. Pero es cierto también que no siempre resulta fácil dar en el blanco indicado para obtener lo que buscamos. Aquello que purifica, mejora y eleva, no puede llamarse mal, como tampoco llamarse bien lo que envilece ,arruina y degrada. De aquí muchas veces, esos densos nubarrones que, al no saber bien elegir, ensombrecen nuestros cielos y hacen gemir el alma.

Por otra parte, ¡cuán cierto es aquello que no hay mal que por bien no venga, ni problema difícil que no tenga solución! Si se obra con cordura, con calma y paz interior, aun aquellas falencias o grandes fracasos habidos, servirán como iluminarias para decirnos bien claro que lo que se hizo mal una vez, no debe repetirse otra vez.

Es esto lo que tiene de bueno el mal, si puede hablarse de bien: hacernos reflexionar para no volver a hacer lo mismo. Pensar que un pecado fue lo que luego permitió que Cristo se hiciera presente en el mundo . Por eso que en cierta ocasión, un alma extasiada cantó: "Oh, feliz culpa que nos permitió un tal Redentor" (San Agustín).

Por el amor que tenemos a Dios y también a nosotros mismos, si alguna vez por cualquier razón nuestro cielo se oscurece, no perdamos la armonía. Dejemos pasar el chubasco y luego, cuando alcemos los ojos al cielo, veremos de nuevo brillar el sol.
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Rogelio Oro 2/5/2002



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